martes, 5 de febrero de 2013

Significado de la Adoración al Santísimo Sacramento del Altar


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Significado de la Adoración al Santísimo


Adorando a Cristo en la Eucaristía, hagamos de nuestra vida «una ofrenda permanente». Los fines del Sacrificio eucarístico, como es sabido, son principalmente cuatro: adoración de Dios, acción de gracias, expiación e impetración (Trento: Dz 940. 950/1743. 1753; +Mediator Dei 90-93). Pues bien, esos mismos fines de la Misa han de ser pretendidos igualmente en el culto eucarístico. Por él, como antes nos ha dicho el Ritual, los adoradores han de «ofrecer con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo» (80). Pío XII lo explica bien:

«Aquello del Apóstol, "habéis de tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús" (Flp 2,5), exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí mismos, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el divino Redentor cuando se ofrecía en sacrificio; es decir, que imiten su humildad y eleven a la suma Majestad divina la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias. Exige, además, que de alguna manera adopten la condición de víctima, abnegándose a sí mismos según los preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia, detestando y expiando cada uno sus propios pecados. Exige, en fin, que nos ofrezcamos a la muerte mística en la cruz, juntamente con Jesucristo, de modo que podamos decir como san Pablo: "estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo" (Gál 2,19)» (Mediator Dei 101). 

Adoremos a Cristo, presente en la Eucaristía

Al finalizar su estudio sobre La presencia real de Cristo en la Eucaristía, José Antonio Sayés escribe:

«La adoración, la alabanza y la acción de gracias están presentes sin duda en la trama misma de la "acción de gracias" que es la celebración eucarística y que en ella dirigimos al Padre por la mediación del sacrificio de su Hijo.

«Por otra parte, hemos de pensar que la Encarnación merece por sí sola ser reconocida con la contemplación de la gloria del Unigénito que procede del Padre (Jn 1,14)... La conciencia viva de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, prolongación sacramental de la Encarnación, ha permitido a la Iglesia seguir siendo fiel al misterio de la Encarnación en todas sus implicaciones y al misterio de la mediación salvífica del cuerpo de Cristo, por el que se asegura el realismo de nuestra participación sacramental en su sacrificio, se consuma la unidad de la Iglesia y se participa ya desde ahora en la gloria futura» (312-313). 

Adoremos, pues, al mismo Cristo en el misterio de su máximo Sacramento. Adorémosle de todo corazón, en oración solitaria o en reuniones comunitarias, privada o públicamente, en formas simples o con toda solemnidad.

-Adoremos a Cristo en el Sacrificio y en el Sacramento. La adoración eucarística fuera de la Misa ha de ser, en efecto, preparación y prolongación de la adoración de Cristo en la misma celebración de la Eucaristía. Con razón hace notar Pere Tena:

«La adoración eucarística ha nacido en la celebración, aunque se haya desarrollado fuera de ella. Si se pierde el sentido de adoración en el interior de la celebración, difícilmente se encontrará justificación para promoverla fuera de ella... Quizá esta consideración pueda ser interesante para revisar las celebraciones en las que los signos de referencia a una realidad trascendente casi se esfuman» (212).

-Adoremos a Cristo, presente en la Eucaristía: exaltemos al humillado. Es un deber glorioso e indiscutible, que los fieles cristianos -cumpliendo la profecía del mismo Cristo- realizamos bajo la acción del Espíritu Santo: «él [el Espíritu Santo] me glorificará» (Jn 16,14).

En ocasión muy solemne, en el Credo del Pueblo de Dios, declara Pablo VI: «la única e indivisible existencia de Cristo, Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el Sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente gratísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos» (n. 26).

-Adorando a Cristo en la Eucaristía, bendigamos a la Santísima Trinidad, como lo hacía el venerable Manuel González:

«Padre eterno, bendita sea la hora en que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: "sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Padre, Hijo y Espíritu Santo, benditos seáis por cada uno de los segundos que está con nosotros el Corazón de Jesús en cada uno de los Sagrarios de la tierra. Bendito, bendito Emmanuel» (Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario, 37)

-Adoremos a Cristo en exposiciones breves o prolongadas. Respecto a las exposiciones más prolongadas, por ejemplo, las de Cuarenta Horas, el Ritual litúrgico de la Eucaristía dispone:

«en las iglesias en que se reserva habitualmente la Eucaristía, se recomienda cada año una exposición solemne del santísimo Sacramento, prolongada durante algún tiempo, aunque no sea estrictamente continuado, a fin de que la comunidad local pueda meditar y orar más intensamente este misterio. Pero esta exposición, con el consentimiento del Ordinario del lugar, se hará sólamente si se prevé una asistencia conveniente de fieles» (86).

«Póngase el copón o la custodia sobre la mesa del altar. Pero si la exposición se alarga durante un tiempo prolongado, y se hace con la custodia, se puede utilizar el trono o expositorio, situado en un lugar más elevado; pero evítese que esté demasiado alto y distante» (93) 


Ante el Santísimo expuesto, el ministro y el acólito permanecen arrodillados, concretamente durante la incensión (97). Y lo mismo, se entiende, el pueblo. Es el mismo arrodillamiento que, siguiendo muy larga tradición, viene prescrito por la Ordenación general del Misal Romano «durante la consagración» de la Eucaristía (21). Y recuérdese en esto que «la postura uniforme es un signo de comunidad y unidad de la asamblea, ya que expresa y fomenta al mismo tiempo la unanimidad de todos los participantes» (20). 

-Adoremos a Cristo con cantos y lecturas, con preces y silencio. «Durante la exposición, las preces, cantos y lecturas deben organizarse de manera que los fieles atentos a la oración se dediquen a Cristo, el Señor».

«Para alimentar la oración íntima, háganse lecturas de la sagrada Escritura con homilía o breves exhortaciones, que lleven a una mayor estima del misterio eucarístico. Conviene también que los fieles respondan con cantos a la palabra de Dios. En momentos oportunos, debe guardarse un silencio sagrado» (Ritual 95; +89).

-Adoremos a Cristo, rezando la Liturgia de las Horas. «Ante el santísimo Sacramento, expuesto durante un tiempo prolongado, puede celebrarse también alguna parte de la Liturgia de las horas, especialmente las Horas principales [laudes y vísperas].

«Por su medio, las alabanzas y acciones de gracias que se tributan a Dios en la celebración de la Eucaristía, se amplían a las diferentes horas del día, y las súplicas de la Iglesia se dirigen a Cristo y por él al Padre en nombre de todo el mundo» (Ritual 96). Las Horas litúrgicas, en efecto, están dispuestas precisamente para «extender a los distintos momentos del día la alabanza y la acción de gracias, así como el recuerdo de los misterios de la salvación, las súplicas y el gusto anticipado de la gloria celeste, que se nos ofrecen en el misterio eucarístico, "centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana" (CD 30)» (Ordenación general de la Liturgia de las Horas 12).

-Adoremos a Cristo, haciendo «visitas al Santísimo». En efecto, como dice Pío XII, «las piadosas y aún cotidianas visitas a los divinos sagrarios», con otros modos de piedad eucarística,

«han contribuido de modo admirable a la fe y a la vida sobrenatural de la Iglesia militante en la tierra, que de esta manera se hace eco, en cierto modo, de la triunfante, que perpetuamente entona el himno de alabanza a Dios y al Cordero "que ha sido sacrificado" (Ap 5,12; +7,10). Por eso la Iglesia no sólo ha aprobado esos piadosos ejercicios, propagados por toda la tierra en el transcurso de los siglos, sino que los ha recomendado con su autoridad. Ellos proceden de la sagrada liturgia, y son tales que, si se practican con el debido decoro, fe y piedad, en gran manera ayudan, sin duda alguna, a vivir la vida litúrgica» (Mediator Dei 165-166)



1 comentario:

Edi. teixeira. dijo...

Obrigada pela visita,o seu blog já está sendo divulgado na minha pagina,e no g+ bjus.